Entras a la luz mortecina, y ahí estoy yo, deseando el
deseo...
“Te veo”, dices. “veo tus pies, pequeños y morenos, delicados y sagrados”
Los baño en rosas, los beso y subo hasta tus muslos. Brotan flores y peces del río sedoso de tus piernas. Bebo, bebo como náufrago del mundo, con la sed de mil volcanes.
-Silencio- Me humillo, te regalo la sangre, el alma y la voluntad toda de mi existencia, que es una mota de polen comparada con la diabólica e infinita persistencia tuya. Sin ti, sin el hálito de tus labios, sin la ambrosía de tu lengua, el insoportable vacío de la nada sería preferible.
Me tomas por el cuello… Me gritas en silencio “¡maldita! Seré tuyo hasta que la última estrella se muera”. Pobrecillo, soy el diablo y sé que hasta los dioses mueren, pero nunca el deseo.
“Te veo”, dices. “veo tus pies, pequeños y morenos, delicados y sagrados”
Los baño en rosas, los beso y subo hasta tus muslos. Brotan flores y peces del río sedoso de tus piernas. Bebo, bebo como náufrago del mundo, con la sed de mil volcanes.
-Silencio- Me humillo, te regalo la sangre, el alma y la voluntad toda de mi existencia, que es una mota de polen comparada con la diabólica e infinita persistencia tuya. Sin ti, sin el hálito de tus labios, sin la ambrosía de tu lengua, el insoportable vacío de la nada sería preferible.
Me tomas por el cuello… Me gritas en silencio “¡maldita! Seré tuyo hasta que la última estrella se muera”. Pobrecillo, soy el diablo y sé que hasta los dioses mueren, pero nunca el deseo.
Ofelia, diosa, demonio. Yo me consagro a tus pies siempre
descalzos e inmaculados, a los largos dedos de tus manos morenas, con los que
ordenas mis sufrimientos y mis dichas, a los espejos de tus ojos y a tu corazón
maldito. Y te corono con rosas y jazmines en el jardín de mis amores.
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