Es entonces, mientras pienso esto, cuando frente a mi aparece la absurda escena de una tarde anaranjada en Miramontes. La avenida anegada en carros. Las imágenes no tienen sentido, y sólo queda el sentimiento incoherente y abstracto de la molesta soledad bochornosa. Esa es mi náusea.
Después de largos meses de amor de cliché de aparador, la verdad había terminado por fulminar el castillo de arena que habíamos construido sólo con pasión.
Nunca había sido buena con la memoria, ni siquiera recordaba mi dirección, mucho menos mi teléfono; por ello era imposible que recordara el suyo.
Tenía la vaga impresión de que terminaba en dieciocho, ya jamás sabré.
La primera semana de desamor no tuve el valor para dejar encendido el teléfono. Luego con un capricho resuelto del corazón, borré su número sin mirar, condenando algún resbaloso encuentro tan sólo al cruel azar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario